La vida del Buscon

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Quejábamonos nosotros a don Alonso, y el Cabra le hacía creer que lo hacíamos por no asistir al estudio. Con esto no nos valían plegarias. Metió en casa la vieja por ama, para que guisase de comer y sirviese a los pupilos, y despidió al criado porque le halló, un viernes a la mañana, con unas migajas de pan en la ropilla.[70] Lo que pasamos con la vieja, Dios lo sabe. Era tan sorda, que no oía nada: entendía por señas; ciega y tan gran rezadora, que un día se le desensartó el rosario sobre la olla y nos la trujo con el caldo más devoto que he comido.[71] Unos decían: —«¡Garbanzos negros! Sin duda son de Etiopia».[72] Otro decía: —«¡Garbanzos con luto! ¿Quién se les habrá muerto?». Mi amo fue el primero que se encajó una cuenta y, al mascarla, se quebró un diente. Los viernes solía inviar unos güevos con tantas barbas, a fuerza de pelos y canas suyas, que pudieran pretender corregimiento u abogacía.[73] Pues meter el badil por el cucharón y inviar una escudilla de caldo empedrada era ordinario.[74] Mil veces topé yo sabandijas, palos y estopa de la que hilaba en la olla.[75] Y todo lo metía para que hiciese presencia en las tripas y abultase.





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