La vida del Buscon

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Amaneció, y helos aquí en camisa a todos los estudiantes de la posada a pedir la patente a mi amo.[4] Él, que no sabía lo que era, preguntóme que qué querían, y yo, entre tanto, por lo que podía suceder, me acomodé entre dos colchones y sólo tenía la media cabeza fuera, que parecía tortuga.[5] Pidieron dos docenas de reales; diéronselos, y con tanto comenzaron una grita del diablo, diciendo:

—Viva el compañero, y sea admitido en nuestra amistad. Goce de las preeminencias de antiguo.[6] Pueda tener sarna, andar manchado y padecer la hambre que todos.

Y con esto (¡mire V. Md. qué previlegios!) volaron por la escalera, y al momento nos vestimos nosotros y tomamos el camino para escuelas.

A mi amo, apadrináronle unos colegiales conocidos de su padre, y entró en su general;[7] pero yo, que había de entrar en otro diferente y fui solo, comencé a temblar. Entré en el patio, y no hube metido bien un pie, cuando me encararon y empezaron a decir: —«¡Nuevo!». Yo, por disimular, di en reír, como que no hacía caso; mas no bastó, porque, llegándose a mí ocho u nueve, comenzaron a reírse. Púseme colorado; nunca Dios lo permitiera, pues, al instante, se puso uno que estaba a mi lado las manos en las narices y, apartándose, dijo:


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