La vida del Buscon
La vida del Buscon No cabía el ama de contento conmigo, porque éramos dos al mohíno; habíamonos conjurado contra la despensa.[11] Yo era el despensero Judas, de botas a bolsa, que desde entonces hereda no sé qué amor a la sisa este oficio.[12] La carne no guardaba en manos de la ama la orden retórica, porque siempre iba de más a menos.[13] No era nada carnal, antes, de puro penitente, estaba en los güesos.[14] Y la vez que podía echar cabra u oveja, no echaba carnero, y si había güesos, no entraba cosa magra.[15] Era cercenadora de porciones como de moneda,[16] y así hacía unas ollas éticas de puro flacas,[17] unos caldos que, a estar cuajados, se pudieran hacer sartas de cristal dellos. Las Pascuas, por diferenciar, para que estuviese gorda la olla, solía echar cabos de vela de sebo; y así decía que estaban sus ollas gordas por el cabo.[18] Y era verdad, según me lo parló un pabilo que yo masqué un día.[19]
Ella decía, cuando yo estaba delante:
—Mi amo, por cierto que no hay servicio como el de Pablicos, si él no fuese travieso. Consérvele V. Md., que bien se le puede sufrir el ser bellaquillo por la fidelidad; lo mejor de la plaza trai.
Yo, por el consiguiente, decía della lo mismo, y así teníamos engañada la casa. Si se compraba aceite de por junto,[20] carbón o tocino, escondíamos la mitad y, cuando nos parecía, decíamos el ama y yo: