La vida del Buscon
La vida del Buscon Supo, pues, don Diego el caso y enojóse conmigo de manera que obligó a los huéspedes (que de risa no se podían valer) a volver por mí.[8] Preguntábame don Diego que qué había de decir si me acusaban y me prendía la Justicia. A lo cual respondí yo que me llamaría a hambre, que es el sagrado de los estudiantes;[9] y que, si no me valiese, diría que, como se entraron sin llamar a la puerta como en su casa, que entendí que eran nuestros. Riéronse todos de las disculpas. Dijo don Diego: —«A fe, Pablos, que os hacéis a las armas».[10] Era de notar ver a mi amo tan quieto y religioso y a mí tan travieso, quel uno exageraba al otro o la virtud o el vicio.