La vida del Buscon

La vida del Buscon

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Lo primero, yo puse pena de la vida a todos los cochinos que se entrasen en casa y a los pollos de la ama que del corral pasasen a mi aposento. Sucedió que un día entraron dos puercos del mejor garbo que vi en mi vida. Yo estaba jugando con los otros criados, y oílos gruñir, y dije al uno: —«Vaya y vea quién gruñe en nuestra casa». Fue y dijo que dos marranos. Yo, que lo oí, me enojé tanto, que salí allá diciendo que era mucha bellaquería y atrevimiento venir a gruñir a casa ajena. Y, diciendo esto, envásole a cada uno,[3] a puerta cerrada, la espada por los pechos, y luego los acogotamos.[4] Porque no se oyese el ruido que hacían, todos a la par dábamos grandísimos gritos como que cantábamos, y así espiraron en nuestras manos.[5]

Sacamos los vientres, recogimos la sangre y, a puros jergones,[6] los medio chamuscamos en el corral, de suerte que, cuando vinieron los amos, ya estaba todo hecho, aunque mal, si no eran los vientres, que aún no estaban acabadas de hacer las morcillas. Y no por falta de prisa, en verdad, que, por no detenernos, las habíamos dejado la mitad de lo que ellas se tenían dentro y nos las comimos las más como se las traía hechas el cochino en la barriga.[7]



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