La vida del Buscon

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Yo me iba entretiniendo por el camino, considerando en estas cosas, cuando, pasado Torote,[5] encontré con un hombre en un macho de albarda,[6] el cual iba hablando entre sí con muy gran prisa y tan embebecido,[7] que, aun estando a su lado, no me vía.[8] Saludéle y saludóme; preguntéle dónde iba, y, después que nos pagamos las respuestas,[9] comenzamos luego a tratar de si bajaba el turco y de las fuerzas del Rey.[10] Comenzó a decir de qué manera se podía conquistar la Tierra Santa y cómo se ganaría Argel,[11] en los cuales discursos eché de ver que era loco repúblico y de gobierno.[12]

Proseguimos en la conversación, propia de pícaros, y venimos a dar, de una cosa en otra, en Flandes. Aquí fue ello que empezó a suspirar y a decir:[13]

—Más me cuestan a mí esos estados que al Rey, porque ha catorce años que ando con un arbitrio que, si como es imposible no lo fuera, ya estuviera todo sosegado.

—¿Qué cosa puede ser —le dije yo— que, conviniendo tanto, sea imposible y no se pueda hacer?

—¿Quién le dice a V. Md. —dijo luego— que no se puede hacer? Hacerse puede, que ser imposible es otra cosa. Y si no fuera por dar pesadumbre, le contara a V. Md. lo que es; pero allá se verá, que agora lo pienso imprimir con otros trabajillos, entre los cuales le doy al Rey modo de ganar a Ostende por dos caminos.[14]


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