La vida del Buscon
La vida del Buscon —Y no lo pienso poner en ejecución, si primero el Rey no me da una encomienda,[22] que la puedo tener muy bien y tengo una ejecutoria muy honrada.[23]
Con estas pláticas y desconciertos, llegamos a Torrejón,[24] donde se quedó, que venÃa a ver una parienta suya. Yo pasé adelante, pereciéndome de risa de los arbitrios en que ocupaba el tiempo, cuando, Dios y enhorabuena,[25] desde lejos vi una mula suelta y un hombre junto a ella a pie, que, mirando a un libro, hacÃa unas rayas que medÃa con un compás. Daba vueltas y saltos a un lado y a otro y, de rato en rato, poniendo un dedo encima de otro, hacÃa con ellos mil cosas saltando. Yo confieso que entendà por gran rato (que me paré desde lejos a vello) que era encantador y casi no me determinaba a pasar.[26] Al fin, me determiné, y, llegando cerca, sintióme, cerró el libro, y, al poner el pie en el estribo, resbalósele y cayó. Levantéle, y dÃjome:
—No tomé bien el medio de proporción para hacer la circumferencia al subir.[27]
Yo no le entendà lo que me dijo y luego temà lo que era, porque más desatinado hombre no ha nacido de las mujeres. Preguntóme si iba a Madrid por lÃnea recta o si iba por camino circumflejo. Yo, aunque no lo entendÃ, le dije que circumflejo. Preguntóme cúya era la espada que llevaba al lado.[28] RespondÃle que mÃa, y, mirándola, dijo: