La vida del Buscon
La vida del Buscon Aquà no lo pudo sufrir el sacristán y, levantándose en pie, dijo:
—¡Mas no, sino quitarnos las haciendas! No pase V. Md. adelante, que sobre eso pienso ir al Papa y gastar lo que tengo. Bueno es que yo, que soy eclesiástico, habÃa de padecer ese agravio. Yo probaré que las coplas del poeta clérigo no están sujetas a tal premática y luego quiero irlo a averiguar ante la justicia.[14]
En parte me dio gana de reÃr, pero, por no detenerme, que se me hacÃa tarde, le dije:
—Señor, esta premática es hecha por gracia, que no tiene fuerza ni apremia, por estar falta de autoridad.
—¡Pecador de mÃ! —dijo muy alborotado—; avisara V. Md. y hubiérame ahorrado la mayor pesadumbre del mundo. ¿Sabe V. Md. lo que es hallarse un hombre con ochocientas mil coplas de contado y oÃr eso?[15] Prosiga V. Md., y Dios le perdone el susto que me dio.
Proseguà diciendo: