La vida del Buscon
La vida del Buscon Hubo grandes diferencias entre mis padres sobre a quién había de imitar en el oficio, mas yo, que siempre tuve pensamientos de caballero desde chiquito, nunca me apliqué a uno ni a otro. Decíame mi padre: —«Hijo, esto de ser ladrón no es arte mecánica, sino liberal».[30] Y de allí a un rato, habiendo suspirado, decía: —«De manos.[31] Quien no hurta en el mundo, no vive. ¿Por qué piensas que los alguaciles y jueces nos aborrecen tanto: unas veces nos destierran, otras nos azotan y otras nos cuelgan? No lo puedo decir sin lágrimas —lloraba como un niño el buen viejo, acordándose de las que le habían batanado las costillas—:[32] porque no querrían que, donde están, hubiese otros ladrones sino ellos y sus ministros.[33] Mas de todo nos libró la buena astucia. En mi mocedad, siempre andaba por las iglesias, y no de puro buen cristiano.[34] Muchas veces me hubieran llorado en el asno, si hubiera cantado en el potro.[35] Nunca confesé, sino cuando lo mandaba la Santa Madre Iglesia. Preso estuve por pedigüeño en caminos, y a pique de que me esteraran el tragar y de acabar todos mis negocios con dieciséis maravedís: diez de soga y seis de cáñamo.[36] Mas de todo me ha sacado el punto en boca, el chitón y los nones. Y con esto y mi oficio he sustentado a tu madre lo más honradamente que he podido».