La vida del Buscon

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Yendo en estas conversaciones, topamos en un borrico un ermitaño con una barba tan larga,[78] que hacía lodos con ella,[79] macilento y vestido de paño pardo.[80] Saludamos con el Deo gracias acostumbrado, y empezó a alabar los trigos y, en ellos, la misericordia del Señor. Saltó el soldado y dijo:

—¡Ah, padre!, más espesas he visto yo las picas sobre mí; y, ¡voto a Cristo!, que hice en el saco de Amberes lo que pude,[81] ¡sí juro a Dios!

El ermitaño le reprehendió que no jurase tanto, a lo cual dijo:

—Padre, bien se echa de ver que no es soldado, pues me reprehende mi propio oficio.[82]

Diome a mí gran risa de ver en lo que ponía la soldadesca, y eché de ver que era algún picarón gallina,[83] porque ya entre soldados no hay costumbre más aborrecida de los de más importancia, cuando no de todos. El ermitaño le dijo:

—Y ¿dónde dejó V. Md. el saco de Amberes, que ése me parece de las Navas, y que sería de más abrigo el de Amberes?[84]


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