Los suenos
Los suenos Apenas esto dijo el viejo, cuando arrebatados de unos gritos ahogados en vino, de gran ruido de gente, salimos a ver qué fuese, y era un alguacil, el cual con solo un pedazo de vara en la mano y las narices ajadas, deshecho el cuello, sin sombrero y en cuerpo, iba pidiendo «¡Favor al rey! ¡Favor a la justicia!» tras un ladrón que en seguimiento de una iglesia, y no de puro buen cristiano, iba tan ligero como pedÃa la necesidad y le mandaba el miedo. Atrás, cercado de gente, quedaba el escribano, lleno de lodo, con las cajas en el brazo izquierdo, escribiendo sobre la rodilla. Y noté que no hay cosa que crezca tanto en tan poco tiempo como culpa en poder de escribano, pues en un instante tenÃa una resma al cabo. Pregunté la causa del alboroto; dijeron que aquel hombre que huÃa era amigo del alguacil, y que le fió no sé qué secreto tocante en delicto, y por no dejarlo a otro que lo hiciese, quiso él asirle. Huyósele después de haberle dado muchas puñadas, y viendo que venÃa gente encomendóse a sus pies y fuese a dar cuenta de sus negocios a un retablo. El escribano hacÃa la causa mientras el alguacil con los corchetes (que son podencos del verdugo que siguen ladrando) iban tras él, y no le podÃan alcanzar. Y debÃa de ser el ladrón muy ligero, pues no le podÃan alcanzar soplones, que por fuerza corrÃan como el viento.