Los suenos
Los suenos —¿Con qué podrá premiar una república el celo deste alguacil, pues porque yo y el otro tengamos nuestras vidas, honras y haciendas, ha aventurado su persona? Éste merece mucho con Dios y con el mundo. MÃrale cuál va roto y herido, llena de la sangre la cara, por alcanzar aquel delincuente y quitar un entropezón a la paz del pueblo.
—¡Basta! —dijo el viejo—, que si no te van a la mano dirás un dÃa entero. Sábete que ese alguacil no sigue a este ladrón, ni procura alcanzalle por el particular y universal provecho de nadie, sino que como ve que aquà le mira todo el mundo, córtese de que haya quien en materia de hurtar le eche el pie delante, y por eso aguija por alcanzalle. Y no es culpable el alguacil porque le prendió, siendo su amigo, si era delincuente, que no hace mal el que come de su hacienda; antes hace bien y justamente, y todo delincuente y malo, sea quien fuere, es hacienda del alguacil y le es lÃcito comer della. Estos tienen sus censos sobre azotes y galeras y sus juros sobre la horca. Y créeme que el año de virtudes, para estos y para el infierno es estéril. Y no sé cómo aborreciéndolos el mundo tanto, por vergüenza dellos no da en ser bueno adrede por un año o dos años, que de hambre y de pena se morirÃan. Y renegad de oficio que tiene situados sus gajes donde los tiene situados Bercebú.