Los suenos

Los suenos

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Llegó tras ellos un avariento a la puerta y fue preguntado qué quería, diciéndole que los Diez Mandamientos guardaban aquella puerta de quien no los había guardado, y él dijo que en cosas de guardar era imposible que hubiese peccado. Leyó el primero, «Amar a Dios sobre todas las cosas», y dijo que él solo aguardaba a tenerlas todas para amar a Dios sobre ellas. «No jurar su nombre en vano», dijo que aun jurándole falsamente siempre había sido por muy grande interés, y que así no había sido en vano. «Guardar las fiestas», éstas y aun los días de trabajo guardaba y escondía. «Honrar padre y madre»: —Siempre les quité el sombrero—. «No matar»: —Por guardar esto no comía, por ser matar la hambre comer. «No fornicarás»: —En cosas que cuestan dinero ya está dicho. «No levantar falso testimonio».

—Aquí —dijo un diablo— es el negocio, avariento, que si confiesas haberle levantado te condenas, y si no, delante del juez te le levantarás a ti mismo.

Enfadóse el avariento y dijo:

—Si no he de entrar no gastemos tiempo, que hasta aquello rehúso de gastar. Convencióse con su vida y fue llevado a donde merecía.


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