Los suenos
Los suenos Preguntáronle qué pretendÃa, y respondió:
—Ser salvado—, y fue remitido a los diablos para que le moliesen, y él sólo reparó en que le ajarÃan el cuello.
Entró tras él un hombre dando voces, diciendo:
—Aunque las doy no tengo mal pleito, que a cuantos santos hay en el cielo, o a los más, he sacudido el polvo.
Todos esperaban ver un Diocleciano o Nerón, por lo de sacudir el polvo, y vino a ser un sacristán que azotaba los retablos. Y se habÃa ya con esto puesto en salvo, sino que dijo un diablo que se bebÃa el aceite de las lámparas y echaba la culpa a una lechuza, por lo cual habÃan muerto sin ella; que pellizcaba de los ornamentos para vestirse; que heredaba en vida las vinajeras y que tomaba alforjas a los oficios. No sé qué descargo se dio, que le enseñaron el camino de la mano izquierda, dando lugar unas damas alcorzadas que comenzaron a hacer melindres de las malas figuras de los demonios. Dijo un ángel a Nuestra Señora que habÃan sido devotas de su nombre aquellas, que las amparase, y replicó un diablo que también fueron enemigas de su castidad.
—Sà por cierto—, dijo una que habÃa sido adúltera. Y el demonio la acusó que habÃa tenido un marido en ocho cuerpos, que se habÃa casado de por junto en uno para mil. Condenóse esta sola, y iba diciendo: