Los suenos
Los suenos Admiráronme las sutilezas del diablo. Enojóse Calabrés, revolvió sus conjuros, quÃsole enmudecer, y al echarle agua bendita a cuestas comenzó a huir y a dar voces, diciendo:
—Clérigo, cata que no hace estos sentimientos el alguacil por la parte de bendita, sino por ser agua. No hay cosa que tanto aborrezcan, pues en su nombre (se llama alguacil) es encajada una enmedio, y porque acabéis de conocer quién son y cuán poco tienen de cristianos, advertid que de pocos nombres que del tiempo de los moros quedaron en España, llamándose ellos merinos, le han dejado por llamarse alguaciles (que alguacil es palabra morisca), y hacen bien, que conviene el nombre con la vida y ella con sus hechos.
—Eso es muy insolente cosa oÃrlo —dijo furioso mi licenciado—, y si le damos licencia a este enredador, dirá otras mil bellaquerÃas y mucho mal de la justicia porque corrige el mundo y le quita, con su temor y diligencia, las almas que tiene negociadas.
—No lo hago por eso —replicó el diablo—, sino porque ése es tu enemigo que es de tu oficio. Y ten lástima de mà y sácame del cuerpo deste alguacil, que soy demonio de prendas y calidad, y perderé después mucho en el infierno por haber estado acá con malas compañÃas.