Politica de Dios y gobierno de Cristo

Politica de Dios y gobierno de Cristo

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No se ha visto petición hecha a peor tiempo, ni en ocasión que más se descaminase, pues en todo este capítulo Cristo no trata sino de la resignación y desprecio de los bienes, advirtiendo a aquel príncipe que le llamó buen maestro, pareciéndole que las lisonjas serían tan bien admitidas de los oídos de Cristo Jesús como de los suyos. Dícele el Señor que venda cuanto tiene, y lo dé a los pobres; y viendo que se entristece, dice repetidamente que es muy dificultoso entrar un rico en el reino del cielo, y esto con muchas comparaciones; y luego trata de que va a Jerusalén, que ha de ser entregado, y burlado, y escupido, y crucificado. Y a este tiempo, aun sonando en su boca esta doctrina, llegan a pedirle sus allegados sillas en su reino, habiéndole oído decir que su reino no era de este mundo. ¡Grande divertimiento! ¡Sillas piden a quien no tiene dónde reclinar la cabeza! ¡A quien riñó a Pedro porque quiso hacer tres tabernáculos para el Señor y para los que le asistían! Señor, si conociendo a Cristo por Hijo de Dios y por Dios verdadero, y siendo Jacobo y Juan ministros de suma santidad, y su valimiento tan conforme a su obligación, el lado del Señor, el hablar en el reino, el asistir al Rey ocasionó en ellos tan anticipada petición fuera de propósito, ¿qué hará el lado y favor de los reyes hombres en los que habiendo adquirido con maña la gracia de un príncipe están a su oreja? No sólo pretenderán las dos sillas: tratarán, como Luzbel, de quitarle su trono; pues fue aquel serafín, y su pecado lo será, inventor de las caídas de los poderosos con soberbia.


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