Politica de Dios y gobierno de Cristo

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Vino Cristo a San Juan para que le bautizase; y reconociendo el gran Bautista la majestad de su Señor, dice el texto sagrado 133 : «Mas Juan se lo prohibía, diciendo: ¿Yo debo ser bautizado de ti, y tú vienes a mí?». Las visitas del rey al criado las ha de extrañar el criado; no disponerlas y solicitarlas, ha de intentar prohibirlas. Este respeto era heredado de Santa Elisabet, su madre, y la respuesta fue la misma casi. Ella, cuando visitada en su preñado de la Virgen y madre de Cristo, la dijo 134 : «¿Por dónde merezco que venga a mí la madre de mi Señor?». Verdad es que cuando Santa Elisabet dijo estas palabras, San Juan no era nacido y habitaba en las entrañas de su madre; mas no se puede negar que en el vientre de su madre estaba atento, pues dice San Lucas 135 : «Ves que luego que oyeron mis oídos la voz de tu salutación, en mi vientre con el gozo se alegró la criatura.» A esta reverencia y respeto aun antes de nacer, han de estar atentos los criados con su señor, los ministros con su rey. Replicó San Juan a Cristo, cuando vino a que le bautizase, y Cristo le respondió con grande amor y blandura 136 : «Obedece ahora, que así conviene que cumplamos toda justicia.» Movido del propio respeto y reverencia de criado, replicó San Pedro a la propia majestad divina cuando le quiso lavar los pies 137 : «¿Señor, tú me lavas los pies?». Respondió Cristo 138 : «Lo que yo hago no lo sabes ahora, mas sabraslo después.» Replicó San Pedro 139 : «No me lavarás los pies eternamente.» Puédese replicar al señor y al príncipe una vez; mas diciendo el señor al ministro que no entiende lo que hace, que después lo entenderá, ya ocasiona severa respuesta. Díjole Cristo 140 : «Si no te lavo, no tendrás parte conmigo.» Severísima fue esta amenaza. Bien conoció San Pedro su rigor, pues dijo 141 : «Señor, no sólo mis pies, sino mis manos y mi cabeza.» Todo lo enseña el Evangelio: a replicar el criado al señor una vez, y a responder al que replica dos con amenaza, y a librarse de ella, ofreciendo al rey que pide los pies, no sólo los pies, sino las manos y la cabeza. La fe de San Pedro era tan sublime y fervorosa, que le dictaba siempre determinadas y magníficas palabras, como fueron: «No me lavarás los pies eternamente. Y si conviniere que muera contigo, no te negaré.» Negó luego tres veces a Cristo, y escarmentó de manera, que preguntándole Cristo tres veces después de resucitado: Petre, amas me? «¿Pedro, ámasme?» -amándole con amor tan grande no osó decir que sí, y todas tres veces le respondió: Tu scis, Domine: «Tú lo sabes, Señor.»


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