Politica de Dios y gobierno de Cristo

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Jerjes barrió en soledad sus reinos; sin elegir la gente llevó tanta, que si los enemigos no podían contarla, él no podía regirla: venció la hambre de su diluvio de hombres las cosechas desapareciéndolas, y su sed los ríos enjugándolos; dejó desiertas sus tierras para poblar los desiertos; enseñó a la mar a sufrir puente; ultrajó la libertad de los elementos; saliose, a poder de confusión armada, con ser pesadumbre a la naturaleza. Estos afanes mecánicos obró con el sudor de la multitud; mas peleando, antes fue vencido de pocos, que supiese que peleaban. Volvió huyendo, como dice Juvenal (Sat., 10), con sola una nave, navegando en el mar la sangre de los suyos, y tropezando la proa en los cadáveres de su gente, que la impedían la fuga vergonzosa. Roma, con el aviso de haber Aníbal vencido las nieves y alturas de los Alpes y entrado en Italia, obedeciendo al susto por consejo, se desató de pueblo y nobleza para oponérsele formidable. Diose la batalla en Canas, y de tan ostentosa multitud apenas se le escapó a la muerte una vida que contase la ruina. Diferentes son el oficio del ciudadano y del soldado. Ésa fue la causa de la pérdida, y por esto Aníbal decía que los romanos sólo en su tierra podían ser vencidos, y que en la ajena eran invencibles. Los que estaban fuera todos militaban y sabían el arte, y tenían la medra en la victoria, y tenían con almas venales acostumbrados los oídos a estas dos voces: mata, muere. Los que en su patria poblaban las ciudades y lugares, acostumbrados al descuido de la paz y a los desacuerdos del ocio, enseñados a servir a la toga y a reverenciar las leyes, y sólo atentos al lustre de sus familias y a su comodidad, cuando los junte la necesidad y la obligación, cumplen con ella sólo con morir contentos con saber por qué, sin saber cómo. Esto que Aníbal verificó en Roma, poca excepción puede padecer en otra ninguna gente. La nobleza junta es peligrosísima, porque ni sabe mandar, ni obedecer. Esta parte fue tan auxiliar a Aníbal, que midió a fanegas las ejecutorias; que entonces los anillos lo eran para la nobleza. Pompeyo amontonó naciones, y de avenidas de bárbaros discordes fabricó, en vez de ejército, un monstruo, en la cantidad prodigioso. Había ya con la paz desaprendido el capitán. César, que fue con legiones escogidas y ejercitadas, le rompió sin otro trabajo que el de haber de degollar tan pocos a tantos.


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