Politica de Dios y gobierno de Cristo
Politica de Dios y gobierno de Cristo
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El buen rey, Señor, ha de cuidar no sólo de su reino y de su familia, mas de su vestido y de su sombra; y no ha de contentarse con tener este cuidado: ha de hacer que los que le sirven, y están a su lado, y sus enemigos, vean que le tiene. Semejante atención reprime atrevimientos que ocasiona el divertimiento del príncipe en las personas que le asisten, y acobarda las insidias de los enemigos que desvelados le espían. El ocio y la inclinación no ha de dar parte a otro en sus cuidados; porque el logro de los ambiciosos, y su peligro y desprecio, está disimulado en lo que deja de lo que le toca. Quien divierte al rey, le depone, no le sirve. A esta causa los que por tal camino pueden con los reyes, se van fulminando el proceso con sus méritos; su buena dicha es su acusación, y hallan testigos contra sí los medios que eligieron, y se ven con tanta culpa como autoridad; y al que puede, en lo que había de respetar y obedecer de lejos, nadie le aconseja por bueno sino aquello que después le sea fácil acusárselo por malo: y en la adversidad la calumnia, que es de bajo linaje y siempre ruines sus pensamientos, califica por fiscales los cómplices y los partícipes. Así lo enseñan siempre a todos, no escarmentando alguno, las historias y los sucesos. Es el caso de este evangelio tal, que rey o monarca que no abriere los ojos en él, y no despertare, da señas de difunto, que tiene la reputación en poder de la muerte.
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