Klosterheim o La Mascara
Klosterheim o La Mascara En un inmenso salón se estaban preparando mil doscientos invitados, entre damas y caballeros, con la pompa incomparable de aquella época, para uno de los magníficos bailes húngaros que la corte del emperador de Viena había trasladado al campamento de Wallenstein, y desde allí a todas las grandes casas de Alemania. Grupos de nobles señoras, vestidas con todo tipo de disfraces, con oscuras prendas de terciopelo negro o púrpura donde destacaban los costosos adornos de perlas y las suntuosas joyas que en aquellos días indicaban altas pretensiones ancestrales, se entremezclaban con las plumas de marciales caballeros que presentaban casi unánimemente el aire de franquicia militar del servicio activo junto con la grandeza castellana que aún se respiraba en los campamentos de Alemania, oriunda de las magníficas cortes de Bruselas, Madrid y Viena, y que se extendieron hasta esta época gracias a los lazos de Tilly, el comandante bávaro, y Wallenstein, el más que principesco comandante del emperador. Estas figuras y trajes eran suficientes para colmar la vista y ocupar la imaginación. Pero, por encima de todo esto, flotaba en el ambiente un sentimiento de temor y misterio, que propagaba de diversas maneras cierta atmósfera de incertidumbre e intensa agitación en la multitudinaria reunión. Se sabía que había ilustres extranjeros de incógnito. Ahora empezaban a tener razones para temer una gran batalla en la región. Quizás los hombres que estaban allí presentes, las mismas manos que ahora se extendían para el próximo baile, en unos días o quizás en unas horas (tan rápidos eran los acontecimientos en aquella época), manejarían el bastón de mando que podría dejar postrado al imperio católico o decidir el destino de Europa durante siglos. Este sentimiento dio paso incluso a otro aún más oscuro: ¡La Máscara! ¿Mantendría su promesa y aparecería? ¿No podría incluso estar ya allí? ¿No estaría incluso en esos momentos moviéndose entre ellos? ¿No estará en este mismo instante —pensaron todos— cerca de mí, o incluso tocándome, o siguiendo mis pasos?