Klosterheim o La Mascara
Klosterheim o La Mascara Los invitados obedecieron; todos buscaron el asiento más próximo y las damas aceptaron el que les ofrecía el caballero que las acompañaba. Los que permanecían de pie eran cada vez menos. Quedaban doscientos, ciento cincuenta, ochenta, sesenta, veinte, hasta que al final sólo quedaron dos, dos caballeros que habían estado atendiendo a las damas. De repente se dieron cuenta de su propia situación. Sólo quedaba una silla vacante de las mil doscientas. Apremiados por librarse de toda sospecha, los dos se abalanzaron sobre la silla. Los dos la alcanzaron al mismo tiempo y cada uno de ellos ocupó una parte del asiento. Como ambos eran señores mayores y voluminosos, los caballeros más jóvenes, a pesar de la tensión del momento, el pánico de los invitados y la presencia del Landgrave, no pudieron evitar reírse, y las damas más animosas se contagiaron.
Su Alteza no estaba de humor para tolerar aquella frivolidad y se apresuró a liberar de su ridícula situación a los dos ocupantes de la silla.
—¡Basta! —exclamó— ¡Basta! Ruego a todos mis amigos que reanuden la actividad que más les plazca, mi propósito ya está satisfecho.
El mismo príncipe se puso de pie con todo su séquito, y, por respeto, se levantaron todos los reunidos.
—Y vos también —susurraron los jóvenes soldados a sus bellas acompañantes.
Entonces se adelantó Adorni.