Klosterheim o La Mascara
Klosterheim o La Mascara Sonó un cañonazo desde una atalaya. El cañón, destinado en aquel tiempo a anunciar la proximidad de los forasteros, había sido disparado diez minutos antes, pero pasó inadvertido con el estrépito de la multitud. De este modo, sin previo aviso a la muchedumbre congregada en ese momento, un mensajero entró a galope en la plaza, camino de palacio, y fue detenido súbitamente por la densa masa humana.
—¡Noticias, noticias! —exclamó Maximiliano—. ¡Nuevas de nuestros queridos amigos de Viena!
Dijo esto con el generoso propósito de desviar a la muchedumbre del desgraciado Von Aremberg, aunque comprendió que el mensajero venía de otra dirección. Su plan tuvo éxito. Todos corrieron tras el jinete, salvo los dos o tres más sanguinarios que, carentes de toda ayuda, fueron fácilmente apartados de su presa. La oportunidad fue aprovechada rápidamente para llevar al coronel, aturdido y ensangrentado, a las puertas de un convento franciscano. Confiado al cuidado médico de los santos padres, corrió Maximiliano con sus compañeros hacia la cancillería de palacio, donde el mensajero había entregado sus despachos.