Klosterheim o La Mascara

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La Hermana Madeline asistía a los oficios con tanta regularidad como Paulina. Era más fácil encontrarlas allí que en ningún otro sitio, y pronto se hizo evidente que la dama más joven era objeto de particular interés para la mayor. Cuando las sublimes notas de los viejos compositores de órgano henchían el aire y llenaban las vastas galerías de la capilla con sus laberintos sonoros, suspendiendo momentáneamente la atención a los servicios religiosos, la Hermana Madeline empleaba este intervalo de tiempo para observar el rostro de Paulina. En esos momentos, sus ojos reposaban siempre en la joven condesa, y parecían solicitar su atención hacia la tierna compasión que su propio rostro expresaba ante el dolor que tan evidentemente reflejaba el de Paulina. Absorta en sus pensamientos, Paulina no se dio cuenta al principio de esta particular expresión de atención e interés. Acostumbrada a la mirada de las multitudes, tanto por su belleza como por su relación con la casa imperial, no vio nada nuevo o extraño en esta muestra de atención hacia su persona. Poco a poco, sin embargo, al ver que persistían las miradas furtivas de la hermana, descubrió que había despertado su propia curiosidad. Los modales de la Hermana Madeline eran demasiados dignos, y su cara expresaba también hondos sentimientos y las profundas huellas de las pruebas que había pasado, como para creer que su curiosidad era como las de los demás. A Paulina le invadió la oscura sensación de que aquellos rasgos le eran familiares a su corazón, aunque parecían desfigurados en la Hermana Madeline por la edad, el sexo y los estragos producidos por el dolor. Parecía que había pasado la cincuentena, pero era probable que, a pesar de su espléndida complexión, cierto dolor secreto hubiera surtido el efecto natural de darle unos años más a su apariencia, quizás seis o siete más de los que realmente tenía. De todos modos, si el tiempo se había llevado su gracia juvenil, no había destruido, sin embargo, la impresión de magnífica belleza en declive. Nadie podía evitar leer los signos con los que la mano de la naturaleza anuncia un gran destino, una mente nacida para dominar.


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