Klosterheim o La Mascara

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Paulina leyó la inquietante carta una y otra vez. Una y otra vez examinó la letra, consciente de que podría ser víctima del engaño de algún enemigo oculto. Sin duda, la letra no tenía la fluidez que caracterizaba a la de Maximiliano, sus rasgos eran algo rígidos, aunque no más que los de su carta anterior, en la que explicaba que el pequeño cambio se debía a una herida en la mano derecha, que aún no había curado. Por lo demás, la carta no daba lugar a sospechas. El peligro que temía del Landgrave coincidía con su propia impresión. Los terrenos del convento estaban vigilados, como indicaba la carta, por hombres del Landgrave; de ello acababa de recibir pruebas concluyentes. Aunque los dos extraños habían salido en persecución del mensajero que trajo la carta de Maximiliano, su principal objeto de vigilancia era sin duda ella misma. Estaban apostados para espiar sus movimientos, pues ellos mismos se habían confesado agentes del Landgrave. Parecían prudentes los consejos respecto a la señora abadesa, teniendo en cuenta el carácter de esta señora. Sin embargo, a primera vista podía inspirar cierta desconfianza hacia las intenciones del que escribía, pues la prevenía contra sus mejores amigos. Pero lo que más sospechas despertó en Paulina fue el aspecto del hombre que le había entregado la carta. Si este hombre iba a ser el enviado de Maximiliano a la mañana siguiente, sentía, y estaba segura de que seguiría sintiendo, una repugnancia insuperable por encomendar su seguridad a tales manos. A pesar de todo, decidió acudir a la cita, pero guiaría su conducta futura según se fuesen desarrollando los acontecimientos.


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