Klosterheim o La Mascara
Klosterheim o La Mascara Paulina se estremeció al contemplar la hilera de caras feroces, iluminadas por la luz de las antorchas y mezcladas con las cabezas de los caballos y el destello de los sables. Estaba rodeada por el chirriar de las ruedas; sobre su cabeza, el enorme arco de las puertas proyectaba la masa negra de sus enormes sombras; hasta donde llegaba la vista, enmarcada por el arco, Paulina imaginaba, más que veía, la interminable soledad del bosque. Pronto se cerraron las puertas. Su propio carruaje adelantó a los últimos del convoy y, rodeados por un escuadrón de dragones, se pusieron a la cabeza de la expedición junto a una docena o dos de carros. Su felicidad fue inmensa cuando vio que ya habían atravesado las puertas de Klosterheim y que se encontraban en el ancho y despoblado bosque, libre del detestable tirano, y del mismo lado de las puertas que su amante, que sin duda se encontraba de camino para reunirse con ella. Paulina se dejó caer en el carruaje y se dispuso a dormir. Con las inquietudes y vigilias de la noche, lo necesitaba más que de costumbre.