Klosterheim o La Mascara
Klosterheim o La Mascara Ahora se podían escuchar los relojes de la ciudad marcando solemnemente las cuatro. Paulina no había dormido ni una hora cuando la despertó suavemente la criada, que creía su deber avisar a la señora de los cambios que se habían producido. Parecía que se habían detenido para añadir un par de animales más a sus caballos de tiro, y ahora avanzaban a paso estruendoso, separados del resto del grupo y acompañados por una pequeña escolta de caballería. La oscuridad era intensa, y todavía se distinguían claramente las luces de Klosterheim que les permitían guiarse a través de las frecuentes curvas de la carretera. Se podía distinguir perfectamente el castillo, con su ubicación privilegiada, y el convento de Santa Inés, por la iluminación de sus largas filas de ventanas superiores. Una torre particularmente alta, que casi se perdía en el cielo, destacaba del resto de los edificios e indicaba que el Landgrave dormía. Aquella torre era la parte más visible de Klosterheim debido a la brillante luz que irradiaba su enorme ventana circular. Allí dormía en ese momento el triste príncipe, tiránico y atormentado. Sus cobardes temores habían comprometido la inocencia de Paulina con oscuras amenazas de las que no sabía si se libraba al escapar. Quizás su cerco, tal como empezaban a sugerirle a Paulina sus peores temores, se estaba cerrando rápidamente a su alrededor a cada eco de las pisadas de los caballos que devolvía el sobresaltado bosque. La condesa volvió a recostarse en el carruaje, se durmió y volvió a soñar. Pero el sueño no le procuró paz. Sus sueños eran agitados, confusos y llenos de terribles imágenes. Se despertó varias veces para comprobar que sus esperanzas de volver a encontrarse pronto con su galante Maximiliano (quizás no volvería a verlo nunca más) se iban desvaneciendo. Aún quedaba una posibilidad de que caminaran bajo la protectora vigilancia de su amante. Pero en su interior sentía que había sido traicionada. Y lloró al imaginar que su propia precipitación había facilitado la trama que quizás iba a arruinar para siempre su felicidad.