Klosterheim o La Mascara

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Paulina, cansada y abatida, y horrorizada ante los desconocidos peligros que le aguardaban, no pudo por menos que alegrarse de este cambio en los planes originales, pues, después de todo, iba a disponer de un tranquilo refugio donde pasar la noche, bendición que quizás le negasen los azares del día siguiente, y, sobre todo, suponía el aplazamiento de los peligros inminentes que con tanta frecuencia agradecen las mentes más serenas cuando están agotados por las fatigas y las aflicciones. Sin embargo, una vez asegurado el cobijo para una noche más, pidió que le hicieran un poco más cómoda la estancia con el calor de un fuego. Para ello contaba con los requisitos imprescindibles de un hogar y una espaciosa chimenea. Una anciana, probablemente la única sirvienta del lugar, se presentó con una generosa carga de leña y los dos soportes o andirons (como posteriormente se denominaron) para levantar los leños y permitir la circulación del aire por debajo. Al principio tuvieron cierta dificultad para prender la leña, y la vieja sirvienta recurrió una o dos veces, tras disculpar entre dientes sus propias vacilaciones, a un armario que contenía, según pudo ver Paulina, una considerable cantidad de papeles.





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