Klosterheim o La Mascara

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Mientras estaba allí sentada, absorta en los prematuros infortunios de su amante, le llamaron la atención unos murmullos que parecían salir del armario. Lo abrió precipitadamente y descubrió que la única separación entre el armario y el dormitorio contiguo era un pequeño tabique de madera con numerosas grietas. Las palabras que oía eran estremecedoras, incoherentes y, a veces, delirantes. Evidentemente procedían de algún enfermo postrado en su lecho, cuya imaginación trastornada se debatía en una serie de horrores, más terribles que los pensamientos que en ese momento asaltaban a Paulina. En ocasiones hablaba de perseguir a un ciervo por el bosque. Parecía que estaba a punto de alcanzarlo, y después que estaba a punto de perderlo. Luego, cambió completamente el carácter de la caza: era una cacería humana y tenía a un acompañante a su lado. Discutía violentamente su participación en la persecución y captura:

«… Mi señor, no podéis negarlo. ¡Mirad, mirad! Vuestras manos están más ensangrentadas que las mías. ¡Qué horror! ¿Es que no hay agua corriente en el bosque…? Tan joven como es, y tan noble… ¡Apartaos! ¡Nos va a manchar a todos de sangre…! ¡Ay, qué lamento era ese! Podría romper las fibras del más duro corazón. Hubiese roto el mío cuando era más joven. Pero estas guerras nos vuelven crueles a todos. Aunque vos sois peor que yo…».


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