Klosterheim o La Mascara

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Pero se trataba de un soberano, y Paulina sabía muy bien que en sus estados podía disponer de la vida y la muerte. Tenía razones para pensar que la habían sentenciado a muerte, pero no renunció a una autodefensa honorable. En un tono de dulzura y dignidad, sostuvo su inocencia de todos los cargos que se le imputaban; afirmó que desconocía el contenido de los papeles que se habían encontrado en sus baúles y reclamó su inmunidad como súbdita del emperador frente a la jurisdicción del Landgrave. Sus alegatos fueron desestimados, y, cuando puso en conocimiento del tribunal que era familiar cercana del emperador y se atrevió a sugerir la posible venganza de Su Majestad Imperial ante semejante atropello sangriento de la justicia, se sorprendió al ver que su amenaza era recibida con burlas y carcajadas. En realidad, la larga experiencia del general croata en sus luchas a favor y en contra de todos los príncipes de Alemania había hecho que los despreciase a todos, salvo al que le pagase en ese momento. Paulina desconocía la circunstancia singular que había inducido finalmente al Landgrave a ganarse el favor de sus aliados suecos, rompiendo todos los compromisos con la corte imperial e imprimiendo un tono de total desesperación a su política actual. El Landgrave se había decidido a jugárselo todo a una carta. Se esperaba una batalla que, si era favorable a los suecos, dejaría despejado el camino hacia Viena. El Landgrave estaba preparado para resistir, aunque tal vez no estuviera tan seguro como para emprender una acción tan extrema a causa del documento que le habían robado a Paulina. Sus agentes conocían esta política y evidentemente influía en su manera de juzgar la amenaza.


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