Klosterheim o La Mascara
Klosterheim o La Mascara La absoluta humillación de aquella escena sacudió fuertemente su conciencia. ¡Ella, una dama de la casa imperial, amenazada con la tortura por el vil agente de un rufián con tÃtulo! ¡Ella, que no le debÃa nada a nadie, que no habÃa violado ningún derecho de hospitalidad, aunque los habÃan atropellado todos en su persona! Un torbellino de pensamientos fugaces como aquellos invadÃa su cerebro cuando, de repente, se abrió una puerta que habÃa a sus espaldas. Se trataba de un sirviente que traÃa herramientas para apretar aflojar clavijas. El rufián, que se habÃa remangado, extendió el brazo para cogerla. Paulina se encogió debido al asco que le producÃa su contacto, se dio rápidamente la vuelta y se precipitó por la puerta abierta, huyendo como paloma perseguida por los buitres a través de los pasillos que se extendÃan ante ella. SentÃa la ardiente respiración de su perseguidor en la nuca. El primero habÃa extendido ya la mano para detenerla cuando, al doblar un recodo, se encontró de repente con un grupo de mujeres jóvenes entre las que destacaba una, de rango superior, que era a todas luces su señora.
—¡Oh, señora! —exclamó Paulina—. ¡Salvadme, salvadme!