Klosterheim o La Mascara
Klosterheim o La Mascara Sin embargo, la experiencia le había enseñado a la princesa que, no pocas veces, las órdenes obedecidas en apariencia se incumplían luego en secreto; y la ausencia de respuesta a sus cartas de protesta indicaba que el gobernador las ocultaba o destruía. Por eso, Paulina, que se había ganado su corazón tras unas horas de conversación, ya no debía temer nada aunque durmiera sola. La conmoción producida por la pobre prisionera en la joven princesa superaba incluso la de la propia Paulina; y como cada día había nuevos motivos de sospecha en el brutal comportamiento del gobernador, ahora consideró seriamente sus planes para huir a Klosterheim, que tenía preparados desde hacía mucho tiempo. Para llevarlos a cabo le venía muy bien la autoridad absoluta que le había concedido el padre en todo menos en los dispositivos militares de la fortaleza. Con el pretexto de una excursión de las que acostumbraba a hacer diariamente, no tuvo ninguna dificultad en hacer pasar a Paulina, suficientemente disfrazada, por una de sus sirvientas. En un punto apropiado de la calzada, Paulina y unas cuantas sirvientas se bajaron de los coches con la princesa. Luego, tras rogarles a las criadas que esperasen media hora, siguieron a pie el camino hasta el puesto militar de Falkenberg.