Klosterheim o La Mascara
Klosterheim o La Mascara En ese momento llegó el Landgrave, e intentó por todos los medios contener aquellas informaciones demasiado ligeras. Frunció el ceño, pero el oficial no lo vio. Lo cogió del brazo, pero todo fue en vano. Habló y el oficial ignoró u olvidó su rango. El pánico y una inmensa tristeza le habían roto el corazón. No le importaban los comedimientos, y el decoro y la ceremonia se habían convertido para él en palabras vanas. El ejército sueco había perecido. Sus compatriotas habían sufrido el mayor desastre de la Guerra de los Treinta Años. Había presenciado con sus propios ojos la tragedia, y no estaba en condiciones de refrenar o contener lo que fluía de su corazón.
El Landgrave se retiró. A la media hora se anunció el banquete, y Su Alteza dominó hasta tal punto sus sentimientos que ocupó su asiento en la mesa. Parecía tranquilo en medio de la agitación general, pues los invitados estaban aturdidos por emociones diversas. Unos se regocijaban con la gran victoria de los imperiales y la próxima liberación de Klosterheim. Otros, que estaban en el secreto, anticipaban con horror la próxima tragedia de la venganza que el Landgrave había preparado contra sus enemigos para esa noche. Otros estaban sobrecogidos por la incertidumbre y el temor del probable cumplimiento, dudoso en la forma, pero indudablemente trágico en el resultado, de la misteriosa sentencia de La Máscara.