Klosterheim o La Mascara
Klosterheim o La Mascara Unos momentos después se disiparon todas las dudas. Los tonos de amargo reproche se elevaron aún más. Eran, sin lugar a dudas, los de la abadesa. Acusaba al Landgrave de la sangre de Paulina, anunciaba la venganza inmediata del emperador por semejante atrocidad, y, si ésta no se producía, le auguraba una respuesta del cielo por aquel derramamiento tan fútil y absurdo de sangre inocente.
El Landgrave replicó en tono más bajo, y sus palabras fueron escasas y rápidas. Por el tono era fácil deducir que le hacía un duro reproche. Al minuto siguiente ambas partes se separaron sin más ceremonia, según todos los indicios, y llenos de ira recíproca. El Landgrave volvió a entrar en el salón de banquetes. Traía el rostro descompuesto y conmocionado, pero era tal su dominio y estaba tan habituado a fingir que, cuando llegó a su asiento, habían desaparecido ya todos los signos de perturbación. Su semblante volvió a adoptar la habitual expresión de firme serenidad, y sus maneras recobraron el aire normal de perfecto dominio de sí mismo.
El reloj de Santa Inés dio las doce. Al sonar las campanadas, el Landgrave se levantó.