Klosterheim o La Mascara

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El enviado imperial y todos los presentes se agolparon a su alrededor para ofrecerle el mayor consuelo posible. Algunos quisieron partir inmediatamente hacia Falkenberg, otros argumentaron que habían visto a Doña Paulina en las últimas horas. Pero el infernal regocijo que le produjo al tirano la felicidad perdida de Maximiliano destruyó aquella recién nacida esperanza.

—¡Niños! —dijo—. ¡Necios niños! No alimentéis falsas ilusiones. Me habéis destruido, Landgrave, a mí y al futuro de mi casa. Ahora, pereced vos. Mirad allí. ¿Es ése el cuerpo de alguien que vive y respira?

Todos se volvieron hacia el cadalso que señalaba, y por primera vez se percataron de lo que era, a todas luces, un cadáver femenino, cubierto con un sudario negro, y sin duda llevado hasta allí para infligir mayor pena a Maximiliano. La estatura, la delicada ondulación del busto, la opulenta silueta del cuerpo, todo apuntaba en la misma dirección. En esa actitud yacente, estaba demasiado claro que eran las magníficas proporciones de Paulina.

Se hizo un silencio absoluto. ¿Quién podía atreverse a romperlo? ¿Quién iba a realizar el acto que decidiría para siempre el destino de Maximiliano?


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