Klosterheim o La Mascara
Klosterheim o La Mascara La juventud y la salud duermen bien; y con todos los medios y comodidades de que disponía Doña Paulina, cansada como se encontraba por la fatiga de un día de marcha por caminos casi intransitables y de escabroso terreno, había pocas razones para pensar que se perdería el beneficio de sus ventajas naturales. Sin embargo, el sueño no llegaba, o lo hacía solamente a rachas fugaces que le traían imágenes turbulentas, unas veces de la corte del emperador en Viena, otras de la larga sucesión de escenas agitadas y caras feroces que habían pasado ante ella desde que abandonaron la ciudad. Ahora veía los equipajes y el extenso bagaje de su propia expedición, con la escolta militar desfilando a la luz de las antorchas bajo las puertas de antiguas ciudades. Un momento después, los pueblos destruidos, con sus caseríos desmantelados —puertas y ventanas arrancadas, paredes quemadas por el fuego—, y algunos perros hambrientos, con ferocidad de lobos en los ojos inyectados de sangre, merodeando entre las ruinas; miserias que tanto habían afligido su corazón. Al despertar de estos dolorosos recuerdos, caía en un inquieto y ligero sueño que le traía otros aún más alarmantes: bandas de fieros desertores, que miraban su expedición con codicia salvaje, sin el menor sentido de inferioridad, mientras en los mismos campos que habían cultivado, ahora silenciosos y tranquilos de pura desolación, aparecían los cuerpos deshechos de los inofensivos campesinos, abandonados aquí y allá sin los honores de la sepultura, debido a la total exterminación de la población rural de la región. Luego venía un caos de figuras, en las que destacaban los vestidos y los morenos rostros de los gitanos de Bohemia, tal como los había visto participar por igual en todos los bandos; y, en la persona de su jefe, su imaginación veía repentinamente la clara semblanza de su sospechoso anfitrión en el alojamiento actual y la maliciosa mirada con que la había desconcertado.