Klosterheim o La Mascara

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Durante este diálogo, Doña Paulina había pasado a una estancia interior, esperando encontrar la tranquilidad y el calor necesarios para su reposo. Pero el antiguo horno estaba excesivamente estropeado para ser de alguna utilidad; la madera estaba podrida y dejaba pasar corrientes de aire frío; y, sobre todo, debido a la delgadez de las paredes, el ruido y un tumulto de una casa ocupada por soldados y viajeros era tan persistente que, tras cenar con sus sirvientas, resolvió retirarse a pasar la noche en su carruaje, más abrigado y silencioso.

El carruaje de la condesa había sido emplazado en el extremo del campamento, donde acababa la línea defensiva, junto a un espeso bosque que parecía ofrecer una protección natural contra el ataque de la caballería. Efectivamente, debido a la cantidad de raíces retorcidas y a la irregularidad del terreno, parecía difícil que un jinete pudiera avanzar siquiera unas cuantas yardas sin caer. Y en este lado se había considerado suficiente apostar a un solo centinela.

Confiada por las numerosas precauciones tomadas y por la alegre charla del oficial de guardia que la acompañó hasta la puerta de su carruaje, Paulina tomó asiento con una sirvienta en el coche y se protegió del frío con las pesadas túnicas de pieles y de armiño que le ofrecía su amplio vestuario, cuyas dimensiones le permitieron convertirlo en un sofá o diván.


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