Klosterheim o La Mascara

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Tras esta última consideración, Paulina cayó repentinamente en la cuenta de una circunstancia singular: la aparición de la luz no fue acompañada por una advertencia del centinela. Entonces recordó que hacía rato que había dejado de oír los pasos del centinela y el ruido de sus bandoleras. Miró precipitadamente hacia el camino y comprobó que el único centinela apostado a ese lado del campamento no estaba en su puesto. Era de suponer que se habría dormido, dada la intensidad del frío. Pero en ese caso, el farol que llevaba atado al pecho seguiría ardiendo; sin embargo, del camino que patrullaba había desaparecido todo rastro de luz. Para Paulina ya era evidente el error cometido, al no haber apostado más de un centinela en esa ronda. A lo largo de la guerra, en varias ocasiones, el empleo de una red como la que usaban los retiarius romanos en los combates de gladiadores, aplicada hábilmente por dos personas, podía reducir sin gran dificultad a un centinela, que se veía repentinamente atado, amordazado y secuestrado. Estaba claro que el recorrido del centinela por la orilla del bosque, desde donde alguien, oculto en la oscuridad más absoluta, podía observar con tranquilidad sus movimientos más leves, ofrecía todas las facilidades para llevar a cabo tal propósito. Paulina ya no dudaba de que lo habían secuestrado de modo parecido, y de que no sería imposible que hubiese ocurrido mientras ella miraba.


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