Klosterheim o La Mascara
Klosterheim o La Mascara Había caído nieve durante la noche y, alrededor de las cuatro de la madrugada los que montaban guardia temieron que nevase en exceso. Pero aquella situación atmosférica pasó; y de hecho no cayó la suficiente ni para paliar el frío ni para retrasar demasiado la marcha. De acuerdo con las costumbres habituales del campamento, se preparó un desayuno común, del que todos, sin distinción, comieron. El respeto por los rangos superiores se manifestaba dejando presidir las mesas a los que ostentasen pretensiones de ese tipo, y Paulina comprobó satisfecha la alta consideración que disfrutaba su amante. Maximiliano se había retirado al romper el día para tomarse una hora de reposo, y Paulina descubrió por medio de sus sirvientas, con una mezcla de contrariedad y placer, que no había cumplido su promesa de retirarse a una hora más temprana, debido a la aparición de algún nuevo sospechoso en aquella parte del bosque. En su ausencia había escuchado la propuesta y aprobación de una resolución de todo el cuerpo de oficiales veteranos de la expedición. La resolución pretendía que el mando militar superior debía transferirse a Maximiliano, no sólo por ser un favorito distinguido del emperador, sino, sobre todo, por ser uno de los oficiales de caballería más brillantes del servicio imperial. La noticia le fue comunicada cuando ocupó el lugar reservado para él en la presidencia de la mesa principal del desayuno. Paulina pensó que nunca se había mostrado tan interesante, tan verdaderamente merecedor de admiración, como bajo aquella exhibición de cortesía y dignidad con que en un principio declinó el honor, en favor de oficiales de más edad, y su franca aceptación final al pensar que era el sincero deseo del grupo. Paulina había crecido entre militares y le habían enseñado desde una edad temprana a admirar los méritos militares. La misma corte del emperador tenía cierto parecido con un campamento, y el objeto de su propia elección juvenil se elevó ante sus ojos, si es que esto era posible, con la ratificación de sus derechos por parte de quienes ella consideraba jueces más competentes.