Klosterheim o La Mascara

Klosterheim o La Mascara

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

La vanguardia de la expedición se puso en marcha antes de las nueve. Luego, tras un corto intervalo, salió el grueso de los carruajes, con los dragones de Papenheim a la retaguardia. El sol salió alrededor de las once, iluminando la helada mañana con alegre carmesí los cortinajes horizontales de niebla que previamente habían ahogado sus rayos. A esta hora había disminuido notablemente la severidad del frío, y Paulina, apeándose del carruaje, montó sobre un caballo de la delantera, lo que le brindó la oportunidad, tan deseada por ambos, de conversar libremente con Maximiliano. Durante largo rato, el interés y la animación de sus recíprocas noticias, y la magnitud de los sucesos ocurridos desde su separación, que les afectaban a uno de ellos, a ambos o a sus amigos, ejerció el natural efecto de desterrar cualquier asomo de desánimo que les hubiesen reclamado preocupaciones más cercanas e importantes. Pero, en medio de esta afectada animación y alegría que tan disimuladamente mostraba Maximiliano tras su inesperado encuentro, Paulina descubrió con sobresalto un grado de seriedad en su amante que casi llegaba a ser tristeza, lo que en un soldado de su gallardía significaba un sentimiento abrumador de peligro. De hecho, tras obligarlo a contarle lo peor, Maximiliano reconoció francamente que se sentía pesimista en cuanto a sus posibilidades cuando llegase la hora de la adversidad, y no tenía esperanzas de evitar su llegada. Él sabía bien que, durante los tres últimos días, Holkerstein había estado recibiendo continuamente informes de su posición, a medida que llegaban a sus campamentos nocturnos. En la oscuridad de la noche, habían estado rodeados de espías, incluso mezclados entre ellos. La certeza de un ataque era, por tanto, casi absoluta. Además, en cuanto a los medios de defensa y la relación de fuerzas entre los dos bandos, no era improbable que Holkerstein les triplicase en número. La élite de sus propios hombres podría ser superior a la mayoría de los de Holkerstein, a pesar de que contase entre sus filas con muchos desertores de regimientos veteranos, pero los caballos de su expedición eran en general flacos y se encontraban en mal estado. Entre todo el grupo, al que Maximiliano había inspeccionado al salir, no había doscientos que pudieran considerarse aptos para realizar o mantener una carga. Era cierto que al montar a algunos de sus mejores jinetes sobre los caballos de los viajeros más distinguidos, que habían consentido de buena gana un arreglo de esta naturaleza, por el bien común, habían reforzado en cierta medida su debilidad en este aspecto. Pero existían otros puntos en los que Holkerstein tenía aún mayores ventajas. En especial, los equipos de sus partidarios eran completamente nuevos, robados de una armería mal vigilada cerca de Munich, o de convoyes a los que habían atacado. Dice un viejo proverbio que «quien quiera ser caballero que asalte una ciudad»; y el distinguido aspecto de aquellos salteadores arrojaba luz sobre su significado. Los rufianes que seguían a este indeseable estaban animados además por esperanzas que ningún comandante regular de un servicio honorable podía ofrecer. Y, finalmente, estaban familiarizados con todas las calzadas e innumerables caminos vecinales, que eran los mejores lugares para sorprender al enemigo o para una retirada. Mientras que ellos, con la obligación constante de proteger a un gran número de viajeros y de personas indefensas, a quienes era peligroso abandonar bajo cualquier circunstancia, dependían servilmente de la debilidad de sus compañeros, y no podían eludir las ventajas más evidentes de sus enemigos ni aprovecharse de las que pudieran crearse para ellos mismos.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker