Klosterheim o La Mascara
Klosterheim o La Mascara El cuerpo principal del edificio se hallaba desguarnecido de muebles; pero, como era costumbre en el fragor de una guerra, los viajeros llevaban con ellos todo lo necesario para protegerse del frío, e incluso equipar con lujo los dormitorios. En un grupo tan numeroso, las deficiencias de unos se compensaban con los sobrantes de los otros. Y, mientras no estuviesen bajo el antiguo edicto romano que prohibía solicitar fuego y agua a quienes encontrasen durante la jornada, sus propias provisiones les permitían remediar el resto de las necesidades. Sin embargo, en esta ocasión encontraron más de lo esperado. En Falkenberg hallaron una reserva de toda la caza de la temporada, que se guardaba para el servicio doméstico del Landgrave y los monasterios más favorecidos de Klosterheim. El pequeño grupo de lacayos, guardabosques y demás sirvientes que ocupaban el castillo, no había recibido órdenes para denegar la hospitalidad que habitualmente se brindaba en nombre del Landgrave; o creyeron oportuno ocultarla en las actuales condiciones. Y, magnánimos por necesidad, se dejaron llevar por el sentido del honor de su dueño y por su propia simpatía hacia el estado de muchas mujeres y niños. Hicieron más aún: distribuyeron generosamente por todas las mesas raciones de caza. El viejo kellermeister no escatimó el vino, al considerar con razón que las gracias y sonrisas de cortés gratitud podrían constituir una paga mejor que los duros golpes con que en ocasiones saldaban sus cuentas algunos oficiales. Y, en general, los viajeros coincidieron en que no habían pasado una tarde tan agradable, e incluso con diversiones tan lujosas, desde que partieron de Viena.