Klosterheim o La Mascara

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Un ala del castillo se encontraba magníficamente amueblada. Era bastante amplia, y había sido reservada para Paulina, Maximiliano y otros caballeros cuyos modales y porte parecían merecer el derecho a atenciones superiores. Entre muchos signos de refinamiento y cultura, encontraron una biblioteca y una galería de retratos. Algunos de los oficiales descubrieron en la biblioteca pruebas suficientes de las alianzas suecas que el Landgrave mantenía clandestinamente. Numerosos libros raros, con las armas de diversas ciudades imperiales, que habían caído en sus manos a lo largo de las campañas de Gustavo, como represalia por el robo de toda la biblioteca palatina de Heidelberg, habían pasado a poder del Landgrave, por adquisición o como obsequio. Ambas cosas denunciaban las relaciones con los enemigos del emperador, hasta ahora negada enérgicamente. Era muy probable que la pinacoteca hubiese sido adquirida de la misma forma. Aunque contenía poco más que retratos, eran éstos verdaderamente admirables, trabajos recientes del pincel de Van Dyck. Formaban una serie de los bustos y rostros más destacados de aquel tiempo, por su posición social los caballeros, y por su belleza las damas. Entre ellos se hallaban casi todos los jerarcas imperiales y muchos de los suecos. Maximiliano y sus compañeros encontraron el más vivo placer en deambular con Paulina por la galería. Sus recuerdos personales aportaron los detalles que faltaban a los frecuentes comentarios de la dama, cuyo conocimiento de la corte imperial le permitía extenderse sobre el registro marcial de la época.


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