Klosterheim o La Mascara

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La medianoche les sorprendió mientras evocaba los interesantes recuerdos históricos que le inspiraban los retratos. Al advertir lo avanzado de la hora, la mayor parte de los acompañantes empezaron a marcharse; unos a descansar, y otros a cumplir con sus deberes militares, que les aguardaban a su regreso. De esta forma, Maximiliano y Paulina se quedaron solos, y al fin encontraron el tiempo que antes no habían tenido para comunicarse libremente todo lo que oprimía sus corazones. Maximiliano, volviendo al momento de su última y súbita separación, explicó su repentina ausencia de Viena. Sin previo aviso, le enviaron órdenes selladas del emperador para que se dirigiera a Klosterheim. La misión que se le había encomendado era de gran importancia para los intereses imperiales, y, gracias al favor del emperador, también podría serlo para el suyo propio. De este modo, se había visto privado de toda probabilidad de comunicarle el propósito y el destino de su misión, antes de su partida de Viena. Si Su Majestad no se había encargado de ello, y se había limitado a asegurar a Paulina que Maximiliano se encontraba ausente en una misión privada, era sin duda para procurarle benevolentemente el placer de la sorpresa con su repentina vuelta. Pero, desgraciadamente, ese regreso no había sido posible: las cosas habían tomado un giro en el que se había visto implicado, y su presencia era necesaria. El emperador conoció estos enredos durante algún tiempo, y tras reflexionar, no dudó que el viaje de ella, emprendido sin que él tuviese conocimiento de los peligros que podrían acosarles al final, contribuiría de alguna manera a solucionar este asunto escabroso. Pero, seguramente, le había dado explicaciones suficientes en este sentido. Finalmente, tras asegurarle que sus cartas habían sido tan frecuentes como en ausencias anteriores, Maximiliano confesó que no se sentía demasiado sorprendido al saber que ninguna había llegado hasta ella, pues a los habituales incidentes de la guerra, en que diariamente se interceptaba a todos los mensajeros que no fuesen fuertemente escoltados, había que añadir, en este caso, los deliberados esfuerzos de la maldad que dominaba todos los pasos del bosque.


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