Klosterheim o La Mascara
Klosterheim o La Mascara Todos pasaron gustosos de estas generaciones antiguas de personajes eminentes, que sólo conservaban una importancia tradicional o legendaria a los ojos de los que ahora les observaban, a los espíritus activos de su época, muchos aún vivos, y tan pletóricos de vida y aspiraciones heroicas como en sus inimitables retratos. Allí estaba Tilly, el pequeño cabo, recientemente abatido en una tumba de soldado, con sus rasgos astutos e inflexibles. Sobre él se encontraba su gran enemigo, el primero que le había enseñado la dura lección de la retirada, Gustavo Adolfo, con su busto colosal y hombros atlanteanos, capaces de cargar con el peso de las más poderosas monarquías. Él también había perecido, probablemente por un doble crimen de asesinato y traición. Pero la gloria de su corta carrera apenas se exaltó en la Roma católica, desde Viena hasta Madrid, y su heroísmo individual fue cantado en lamentos de soldados que habían combatido bajo todas las banderas de Europa. A su lado se alineaba una larga fila de coroneles imperiales, desde Wallenstein, el magnífico e imaginativo, débil como Hamlet y De Mercy, hasta los héroes de la guerra partisana, Holk, los Butlers y el noble Papenheim, o el más noble Piccolómini. Debajo de ellos aparecían Gustavo Horn, Banier, el Príncipe de Sajonia-Weimar, el Rhinegrave y otros muchos comandantes protestantes, con cuyos nombres y méritos militares estaba familiarizada Paulina, aunque viese ahora sus rostros por primera vez. Maximiliano demostró ser el mejor intérprete que podía haber encontrado, pues no sólo había conocido a la mayoría en el campo de batalla, sino que, como oficial favorito y confidencial del emperador, se había ocupado personalmente de transacciones diplomáticas con los más distinguidos de ellos.