Klosterheim o La Mascara
Klosterheim o La Mascara A los pocos minutos, volvió a despertarlo una perturbación doble. Escuchó un leve crujido en la habitación, y fuertes pisadas en alguna escalera cercana. Obligado, al fin, a prestar atención a sonidos tan sigilosos en una situación llena de peligros, se levantó y abrió de golpe la puerta. Un corredor que daba la vuelta a la cabecera de las escaleras se encontraba brillantemente iluminado. Desde su posición podía ver un tramo de los escalones. No vio nada en ellos. Todo se encontraba envuelto en el suave resplandor de la luz y en un silencio absoluto. Tras un minuto en que no se produjo ningún sonido, volvió a su habitación, ya que el cansancio y el desconocimiento del lugar le impedían iniciar una investigación. Pero antes de acostarse de nuevo, creyó conveniente indagar en los escondrijos de los tapices, atravesando las cortinas con el sable. No encontró ninguna resistencia. Creyendo que se había equivocado o que, en su estado de semi-inconsciencia, había exagerado algún sonido trivial, volvió a acostarse. Todavía se vio turbado por recuerdos inquietantes. La buena disposición con que los habían recibido en el castillo resultaba sospechosa. Recordó el insistente acoso del campamento la noche anterior, y el robo llevado a cabo con tanto conocimiento de la situación. Jonas Melk, el brutal dueño de Waldenhausen, al que sólo conocía de nombre, era un vil agente contratado por el Landgrave y estaba sin duda al servicio activo de su señor. Probablemente, era uno de los que habían rondado el bosque por la noche. En repetidas ocasiones, a lo largo de la jornada, le habían dicho que a este hombre, en cuyo rostro habían reparado los Yagers durante el altercado con su oficial, lo habían visto viajar a ratos por un camino paralelo, en compañía de otros y pendiente de su avance.