Klosterheim o La Mascara
Klosterheim o La Mascara Maximiliano se sonrió a la vista de los cortinajes, que con sus ricos colores iluminados por la luz del fuego, le recordaron una historia que el invierno anterior había sido muy famosa en Viena. Con la despreocupación del soldado, pensó en todos los peligros que podrían surgir de las cuatro paredes. Tras apagar las velas que ardían sobre una mesa, y desabrocharse el sable, se echó en un sofá que acercó a la lumbre. Envuelto en una gran capa, esperó a que llegara el sueño. El cansancio de todo el día y de la noche anterior lo hacía en cierta medida necesario. Pero el agotamiento no es siempre el mejor preludio para el reposo, y la agitación de numerosas preocupaciones lo mantuvo durante algún tiempo en inquieto estado de vigilia. Mientras estaba tumbado, podía ver a un lado las fantásticas figuras de madera y turba en el fuego. Al otro lado, en los tapices, vio las formas salvajes y la melée, menos fantástica, de figuras humanas y animales de una cacería, con el jabalí al frente, y los ciervos a su izquierda. Estas imágenes siguieron excitando su ánimo, al elevarse a intervalos en brillantes masas de color y de expresión salvaje, bajo el radiante destello del fuego. Hasta pasado algún tiempo no sintió que su inquietud cedía al agotamiento. Estaba a punto de rendirse al sueño, o quizás ya había caído en su fase más temprana y ligera, cuando lo despertó el eco de una puerta distante. Tuvo la leve impresión de que se había producido un ruido en su propio aposento, a la vez que lo había despertado otro más lejano. Pero, tras escuchar un momento apoyado en el codo, se dispuso de nuevo a dormir.