Klosterheim o La Mascara
Klosterheim o La Mascara El hombre era un rufián atlético y, evidentemente, muy fuerte. Su cara mostraba varias cicatrices largas y vidriosas, que resaltaban la salvaje expresión de maldad que la naturaleza había grabado en su rostro, y su revuelto pelo negro, con los mechones enredados, completaba el pintoresco efecto de una cara que proclamaba en cada línea el salvaje abandono a crueles y feroces pasiones. El mismo Maximiliano, familiarizado como estaba con las caras de los asesinos en las terribles horas del saqueo y la carnicería, retrocedió por un instante ante este odioso rufián, que ni siquiera contaba con el atenuante de la juventud, pues aparentaba al menos cincuenta años. Todo esto ocurrió en breves instantes; después, al recobrarse del susto producido por expresión tan odiosa, fue enorme su desconcierto cuando se dio cuenta de que su adversario estaba sin habla, luchando contra algún tipo de pavor espantoso que transfiguró su rostro y que, durante un instante, nubló su mirada.