Klosterheim o La Mascara
Klosterheim o La Mascara Maximiliano buscó a su alrededor el motivo del miedo, pero en vano. En realidad era él mismo, ligado a algún recuerdo demasiado pavoroso, ahora repentinamente despertado, lo que habÃa alterado los nervios de aquel hombre. La brillante luz de un gran candelabro que colgaba en la escalera iluminaba el rostro de Maximiliano intensamente, y la excitación del momento lo favorecÃa con toda la fuerza de su expresión. Postrado en el suelo, y abandonando su daga sin intentar recuperarla, el hombre miró, como si estuviera fascinado por una serpiente, al joven que tenÃa ante sÃ. Bruscamente recuperó la voz y, con un agudo grito de terror, exclamó:
—¡Salvadme, salvadme, Virgen bendita! ¡PrÃncipe, noble prÃncipe, perdonadme! ¿La tumba ya no retiene a sus moradores? ¡Jesús, MarÃa! ¿Quién lo hubiese creÃdo?
—¡Escucha, bribón! —interrumpió Maximiliano—. ¿De qué prÃncipe habláis? ¿Con quién me confundÃs? ¡Decid la verdad, y no abuséis de mi paciencia!
—¡Ah! ¡Y su misma voz también! ¡Y aquà mismo! ¡Dios es justo! ¡Pero tú, buen patrón San Hermenegildo, lÃbrame del vengador!
—¡Estáis delirando, hombre! Levantaos y contestad a lo que voy a preguntaros. Decid la verdad y conservaréis la vida. ¿De quién es el oro que ha armado vuestro brazo contra quien no os ha hecho mal ni a vos ni a los vuestros?