Klosterheim o La Mascara
Klosterheim o La Mascara Entre las principales características de su confusión política, Klosterheim reflejaba, casi como un cuadro representativo, el estado de muchas ciudades alemanas. A través de antiguos lazos de servicios recíprocos, fortalecidos mediante tratados, fervor religioso y adhesiones personales a miembros de la casa imperial, esta antigua y remota ciudad estaba indisolublemente unida a los intereses del emperador. Tanto la ciudad como la Universidad eran católicas. Príncipes de la familia imperial y comisionados papales, con secretos motivos para no dejarse ver en Viena, encontraron en más de una ocasión acogida hospitalaria entre sus muros. Y entre los muchos actos de gracia con que los emperadores habían reconocido sus servicios y muestras de adhesión, uno de ellos había prestado una importante suma de dinero a las arcas municipales por tiempo indefinido. A cambio, como el testimonio más caluroso y de franca gratitud que la ciudad podía ofrecer, recibió la ius liberi ingressus, que permitía a los ejércitos del emperador el libre paso a todas horas, y, en casos extremos, el derecho a custodiar las puertas de la ciudad y a mantener una guarnición en la ciudadela. Desgraciadamente, Klosterheim no se encontraba sui iuris, o en la lista de ciudades libres del imperio, sino bajo la dependencia de la familia del Landgrave X, y esta circunstancia había creado una doble confusión en la política de la ciudad. El Landgrave anterior, beneficiado en todos los aspectos por las influencias políticas y religiosas de la ciudad y asesinado de forma misteriosa en una cacería, había sido amigo personal del emperador, y un católico de conducta amable y querido por todos sus súbditos. Pero el príncipe que le había sucedido en el condado como heredero era odiado en todas partes, tanto por la dureza con que gobernaba como por la sombría austeridad de su carácter. Y ante Klosterheim en particular, calificada por los primeros jurisprudentes como dependencia femenina, se presentó con la desventaja añadida de un título sospechoso y una tendencia sueca demasiado notoria. En tiempos en que las uniones políticas y religiosas de Europa se realizaban con coaliciones tan extrañas que el principal representante de los intereses protestantes en Alemania era, en realidad, el cardenal más distinguido de la Iglesia de Roma, no parecía raro que, a pesar de su fuerte inclinación hacia el rey de Suecia, el Landgrave fuese un católico fanático que practicaba las más duras penitencias. Tiránico con los demás, se arrastraba como un beato abyecto a los pies de su altivo confesor. En la ciudad de Klosterheim, estos rasgos de su carácter, junto a las pruebas diarias de su completo vasallaje a los intereses suecos, pasaban por la más pura hipocresía, y tenía fama de no profesar religión alguna. Pero la verdad era otra. Consciente desde el primer momento de que poseía el condado por un remoto título (pues no era más que primo de su inmediato predecesor), y que sus pretensiones sobre Klosterheim, reducidas si fracasaba como Landgrave, pero tampoco aumentadas si tenía éxito, eran excesivamente débiles, se daba cuenta de que sólo el brazo más poderoso podría mantener la enseña principesca sobre su cabeza. Todos sus competidores se habían encomendado a la protección del emperador. Esta sola razón bastaba para lanzarle en brazos de Gustavo Adolfo, como así ocurrió, aunque desde entonces intervinieron otras de interés local. El tiempo, a medida que avanzaba, daba mayor peso a estos motivos. Se propagaban oscuros y siniestros rumores, surgidos de nadie sabía dónde, ni de quién. Apuntaban de forma acusadora al pasado del Landgrave, y a cierta terrible revelación que pendía sobre su cabeza. En medio de sus grandes injusticias, se aludía a una dama, por el momento en el anonimato, como causa de desagravio para otros. Y estos rumores eran más aceptables para las gentes de Klosterheim, porque relacionaban el castigo inminente del odiado Landgrave con el restablecimiento de las relaciones imperiales, pues se llegaba a insinuar, en todas las versiones de estos misteriosos informes, que en última instancia el emperador era el principal interesado en las reclamaciones ocultas que estaban a punto de salir a la luz pública. Con estas alarmantes noticias, y completamente consciente de que tarde o temprano se tendría que enfrentar a la corte imperial, el Landgrave hacía algún tiempo que había tomado la decisión de hacer méritos ante el canciller sueco y sus oficiales, precipitando la ruptura con sus enemigos católicos, y conseguir de ese modo el favor con un acto voluntario que, de hecho, sabía inevitable.