Klosterheim o La Mascara
Klosterheim o La Mascara Ésta era la perspectiva de los intereses contrapuestos que ahora luchaban en Klosterheim. Ambos bandos planeaban medidas desesperadas, y, como surgirían oportunidades y se crearían los medios apropiados, podía decirse que estaban a punto de estallar. Se conspiraba en la oscuridad, tanto en el Consejo de ciudadanos como en la Universidad. Informes imprecisos de sus planes, a veces falsos y engañosos, habían llegado hasta el Landgrave. La ciudad, la Universidad y los numerosos conventos, se encontraban abarrotados de refugiados: descontentos de todo nombre y color; emisarios de cada una de las facciones que agitaban Alemania; soldados despedidos por sus primeros oficiales, sus nuevos mandos, o por secretas envidias de posteriores comandantes; grandes personajes con razones singulares para buscar un retiro temporal, que mantenían un estricto anonimato; avaros que huían con sus cargamentos de oro y joyas a la ciudad refugio; damas solitarias, procedentes de provincias circundantes, en busca de protección para ellas o para el honor de sus hijas; y (los primeros entre las numerosas categorías de refugiados) profetas y visionarios de todo tipo, a quienes la magnitud de los acontecimientos políticos, y su origen religioso, atraía a millares con tanta naturalidad. Estos y muchos más: sirvientes, tropas, campesinos aterrorizados, procedentes de un área de cuarenta millas a la redonda, habían abarrotado la ciudad de Klosterheim, de aproximadamente diecisiete mil habitantes, hasta llegar a un total de treinta y cinco o treinta y seis mil. A excepción de los últimos saqueos de Holkerstein, la guerra había perdonado hasta ese momento a este privilegiado rincón de Alemania. La gran tormenta había pasado haciendo estragos a su alrededor, pero no había afectado al selvático santuario que protegía por cada lado a esta ciudad. La zona parecía encantada con algún hechizo secreto, y consagrada contra la invasión. Con frecuencia, la gran tempestad se había dirigido directamente hacia allí, y aun así, se había desviado, atraída en otra dirección por una repentina llamada, desde algún lugar remoto. Pero ahora, al fin, todo parecía presagiar que, si la guerra resurgía con fuerza tras esta breve pausa, caería con peso terrible sobre este pequeño distrito aún sin devastar.