Klosterheim o La Mascara
Klosterheim o La Mascara Toda la expedición se fue concentrando poco a poco en el mercado, en cuyas dependencias se pretendía que recibiesen alojamiento. Pero era tal el apremio de amigos y familiares, llegados de todos los rincones de la ciudad, por saludar y dar la bienvenida a los que habían provocado sus afectuosos desvelos, o por preguntar por su suerte, tan tumultuosas las expresiones de dolor y de alegría (no pocas veces simultáneas), que, durante mucho tiempo, ninguna autoridad pudo controlar la violencia del sentimiento popular, ni hacer cumplir las disposiciones adoptadas para aquella noche. Tampoco era fácil saber qué había sucedido con tantas voces preguntando a la vez. Al final, sin embargo, se supo que les había esperado y atacado Holkerstein, o una partida al mando de uno de sus tenientes. Su propia marcha nocturna se había llevado a cabo con tanta cautela que el ataque no les cogió completamente desprevenidos. Rápidamente formaron una barrera con los coches y carros para bloquear los movimientos del enemigo y neutralizar la superioridad de su caballería. El combate fue violento, y el ataque enemigo se reanudaba cada vez que era rechazado, hasta que al fin, el joven general Maximiliano, viendo que el asunto no parecía tener visos de terminar, que la sangre vertida era mucha y que los caballos comenzaban a agotarse, reunió a la élite de su reserva, se colocó a la cabeza y atacó directamente al cabecilla, al que tuvo la suerte de matar. La desesperación de la carga, sumada a la pérdida de su jefe, intimidó al enemigo, que empezó a retirarse de una empresa que probablemente iba a costar más sangre de la esperada. Pero, desgraciadamente, Maximiliano, herido gravemente y mezclado con su caballo entre los enemigos, cayó prisionero. Durante la lucha se habían apagado todas las antorchas, y esta circunstancia, así como la dureza del camino y el propio agotamiento, habían sido la causa del largo retraso en llegar a Klosterheim, una vez finalizada la batalla. No se atrevieron a enviar señales, pues temían atraer a otra partida de bandidos con los toques de la trompeta.